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En la oscuridad

Entre la Claridad y la Oscuridad

Pedro intentó abrir los ojos, pero le pesaban como si de lápidas se trataran. Intentó mover la cabeza, levantar los brazos pero fracasó una vez y otra. Lo intentó con los dedos pero sólo lo logró con los de la mano derecha; rascó la superficie sobre la que reposaba y le pareció acariciar una sábana.

¡Estaba en una cama!

Empezó a asustarse. Algo iba mal, espantosamente mal.

Le latía la cabeza, un dolor intenso semejante al galopar de un caballo que corría al mismo ritmo que su alocado corazón, ése que pugnaba por escapar de su pecho. Sí, estaba aterrorizado. Algo le pasaba… algo grave y horrible le había pasado. No podía moverse, no podía abrir los ojos.

Voces a su alrededor. Voces susurradas… le pareció escuchar su nombre y una voz conocida, la de su hijo mayor, Julio, pronunciando una palabra. Papá. Intentó gritar, gritar y llamarlo, hacerle entender que le escuchaba, que estaba ahí… pero de su garganta no salió nada más que un sonido gutural y ridículo. La desesperación de Pedro creció amenazando con ahogarlo. En ese momento un llanto le llegó cercano, un llanto que pronto fue sofocado y que se alejó de él. Pasos y silencio.

Una pesadilla. Sí, se encontraba inmerso en una pesadilla pero esta vez no parecía que pudiera despertar.

A duras penas pudo recordar lo último que había hecho antes de verse ahí. Aquella mañana paseó por su barrio tras desayunar en casa. Compró el pan y unos pasteles para su esposa. Un intenso dolor… y nada más. Algo debió de pasarle, un ataque o algo parecido, el caso es que estaba en una cama, sin poder moverse. ¿Cuándo pasó eso? ¿Cuánto llevaba ahí, postrado? Nuevamente intentó gritar y otra vez obtuvo el mismo resultado.

Entonces sintió que alguien se le acercó. El aire se movió cerca de él y un perfume, mezcla de jabón y desinfectante, llenó su espacio y le habría hecho arrugar la nariz si hubiera sido capaz de ello. No, no era desagradable. Era extraño. Una suave mano le cogió la suya, la buena, la apretó con decisión calculada y una voz de mujer le dijo:

—Pedro, sé que me escucha… me llamo Adela y soy su enfermera. Apriéteme la mano si me ha entendido.

Pedro sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas pero no estuvo seguro. Sólo fue consciente de un llanto amargo y doloroso que le atenazaba la garganta. ¡Esa voz, Adela, la enfermera, le hablaba a él, le preguntaba a él! Haciendo un esfuerzo, que a Pedro le resultó sobrehumano, apretó con fuerza la mano que le había rescatado de la oscuridad y del silencio. Adela sonrió con su voz:

—Muy bien, muy bien, Pedro —dijo Adela y rubricó sus palabras con un firme apretón en su brazo—. No se preocupe, está en el hospital y cuidaremos de usted. Su familia espera fuera, su mujer y sus hijos… ahora les dejo entrar.

Pedro apretó nuevamente la mano de Adela y se permitió respirar hondo. Escuchó las explicaciones de la enfermera y lo entendió todo. No fue consciente de que tras sus párpados cerrados las lágrimas corrían por su rostro empapando la almohada. Eso daba igual. Estaba enfermo, sí, pero le cuidarían y afrontaría lo que fuera con su familia. No estaba sólo. Ni un solo instante, durante su explicación, Adela soltó la mano de Pedro que él apretó como algo suyo, como lo único capaz de sacarle de esa oscuridad que le había engullido.

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La empatía empieza siempre poniéndonos en el lugar de la otra persona. Si conseguimos hacernos una idea de la circunstancia en que se encuentra será más fácil entender qué le está pasando, cuánto sufre, cuanto miedo o angustia está sintiendo. Y qué debemos hacer como profesionales para acercarnos a él y ayudarle.

Nuestros pacientes no siempre hablan o se comunican con facilidad. No siempre las palabras o las miradas pueden conseguir ese milagro que algunos infravaloran, por aquello de lo cotidiano y habitual, y que no es nada más ni nada menos que comunicar una persona con otra, conectar un pensamiento a otro y darle forma con un sonido o una imagen. Imagínense que les sucede algo como a Pedro, imagínense despertar en un hospital como le ha sucedido a él. Ahora piensen qué les gustaría que las personas que les cuidan hicieran… el resto, se deduce sólo.

Una mano, el roce de unos dedos en una mano, un apretón cálido en un brazo, una caricia… o una voz pueden darle la vida al que la creía amenazada, dar esperanza al que se creía abandonado y dar luz al que estaba perdido en la oscuridad. Proporcionar consuelo y aplacar el miedo y la angustia. Ese poder tienen los gestos sencillos. Utilicémoslos.

No nos olvidemos de nuestros pacientes cuando los tengamos delante.

Lola Montalvo. Enfermera. Editora del Blog «Lola Montalvo. Enfermería«

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Sobre Serafín Fernández-Salazar

Padre, Enfermero y Bloguero. Cofundador de La Factoría Cuidando. Coordinador de #PiCuida, Red de Cuidados de Andalucía. Si quieres más información sobre mis proyectos, pásate por www.lafactoriacuidando.com

9 Comentarios

  1. Gracias por esta llamada de atención sobre los mejores rasgos del ser humano, aquellos que nos diferenciaron hace ya miles de años, y que a veces por desgracia parece que hubiéramos perdido.

  2. manuel jesús pérez luna

    Sin lugar a dudas es tan simple y sencillo como Lola lo esta narrando,aveces nos aferramos a lo puramente técnico dentro de nuestra profesión y no está tan claro,es nuestra verdadera vocación,lo humano,el dar más que recibir,estar ahí siempre con el que más nos necesita,incluida la familia ,mirar,tocar,explicar,llorar,alegrarse,abrazar,sentir,…., independiente de nuestra otra labor técnica,tratemos a la persona que necesita de nuestros cuidados como verdaderos seres humanos no como robots,que parece que no se mueven,que no hablan,que no sienten,si hay una profesión sin limites,esa es la nuestra.

  3. Genial, Lola, como siempre. Ya sabes que soy tu fan desde que te conocí. Tienes una gran delicadeza narrando y generas sentimientos muy profundos. Un fuerte abrazo

  4. Eso se llama humanidad, sensibilidad y , como bien dices, empatía.

    Gran relato.

  5. Consigues ponerme en la angustia de Pedro y en las manos de Adela.
    Sentir, no podemos dejar de sentir-nos al lado de las personas que cuidamos.
    Un beso Lola, siempre consigues emocionarme con tu forma de escribir.

  6. Es evidente que sobre la ciencia en la profesion sanitaria, la humanidad de quienes trabajamos debe de estar en un 1º plano : cercania, capacidad para escuchar , mirar , tocar y ponernos en el lugar de otro ( Empa
    tía ) , forman parte de la terapéuica no farmacólogica de nuestros pacientes y de nosotros mismos, pes cuanto mas nos acercamos y nos comprometemos, somos conscientes que nos es devuelto con creces .

    Felicidades al proyecto
    .

  7. Precioso relato, real como la vida misma. ¡ Qué razón llenvas! Muchas veces es tan difícil comunicarse y asber lo que la otra persona quiere expresar. Desgraciadamente en el ámbito sanitario muchas veces se presta poca atención a la comunicación y la comprensión del otro.

  8. Souhel Flayeh Beneyto

    Un relato excepcional. Corto, intenso y claro. Gracias por hacer reflexionar.

  9. Gracias a todos por los comentarios que me emocionan muchísimo, por qué no!
    La sobrecarga de trabajo, la falta de medios, la precariedad, el agobio general… nos hace ir con prisas y nos lleva a mirar sin ver. Dentro de un paciente hay una persona que no siempre nos puede decir lo que le pasa. Esa era mi idea…
    Gracias de nuevo a todos y gracias a Diferencia_T por darme un huequito en este precioso proyecto que hice mío desde que lo conocí. Un proyecto que hace esta profesión más hermosa cada día.
    Besos miles y feliz día de la ENFERMERÍA!!!

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